lunes, 5 de enero de 2015
Cómo es tu relación de pareja según el tipo de padre que tienes
La figura paterna es mucho más definitoria en nuestra vida de lo que imaginamos.
Cómo influye la figura paterna en las mujeres es un tema que, definitivamente, sigue siendo motivo de análisis. Y es que hay quienes la desestiman, mientras otros le dan una importancia gravitante en lo que será el futuro de una hija, incluso, en sus relaciones de pareja.
¿Pero qué tan cierto es? Estudios lo ratifican; el vínculo de una mujer con su padre es determinante en su autoestima, y en las elecciones del tipo de hombre que escoge como pareja. “En eso hay coincidencia en las distintas líneas psicológicas. En mi experiencia, en lo que tiene más influencia es la elección de pareja y en la autoestima. Un padre ideal, es decir, presente, cariñoso, apoyador, capaz laboralmente, querido y respetado por su esposa, generalmente se traduce en un regalo de autoestima y buena elección de pareja para sus hijas. En la realidad, eso sí, un padre perfecto es aquel que la mayor parte del tiempo es un buen padre; con defectos por supuesto, que se equivoca también, pero nunca llega a extremos. En general es una persona sicológicamente sana, y agradecido con su vida lo suficiente. Por el contrario, un padre ausente, castigador, con problemas sicológicos graves, excesivamente débil, inmaduro, entre otros, afectará en forma negativa a sus hijas y les dejará la difícil tarea de superar esa marca”, explica la sicóloga María Luisa Gumucio.
Sin ir más lejos, Edmundo Campusano, sicólogo y docente, detalla que la figura paterna dice relación con aspectos como la autoridad, la guía, el deber y la fortaleza. “Como también, de algún modo, se relaciona con la construcción de la identidad de la mujer en lo referido a validarse y saber respetarse a si misma. En general es la figura del padre la que imprime ese aspecto en la formación personal”, explica.
El experto agrega que el padre es el representante más cercano que tiene del sexo “opuesto”, aquel en el que ve aquellas características de los hombres y con quienes podrá vincularse en el futuro. Esta figura y esta relación le permiten ver la masculinidad, no sólo cuando fue criada, sino también en el presente.
El padre es el representante de la sociedad, el que transmite “el deber ser”, la norma, aquellas cosas que si bien son difíciles de asimilar en etapas tempranas del desarrollo, no por ello son menos importantes para una buena adaptación a la vida futura. Por este motivo, si éste lleva a cabo esta tarea de forma autoritaria, la mujer tendrá mas dificultades en la adaptación a ellas y, por el contrario, si es contenedor, un guía pero con afecto, este aprendizaje será más fácil y de mayor adaptabilidad en el futuro.
¿CÓMO ES TU PADRE?
Padre ausente
Edmundo Campusano señala que las mujeres que tienen padre ausente pueden desarrollar falta de confianza personal, sentir que no se está apoyada en la vida y que no cuentan con la protección necesaria para seguir adelante. A veces, también, pueden generar la sensación de no tener una estructura familiar “tipo” (aún cuando estén separados puede estar o no la figura paterna), de no ser parte de ese grupo de contención emocional primario. Esto puede repercutir en la vida emocional y, en consecuencia, no confiar en sus decisiones y estar siempre dudando de si misma en diversos ámbitos.
De acuerdo a María Luisa Godoy, hay 2 efectos que pueden verse en una hija de padre ausente con respecto a la elección de pareja:
1) Profundas heridas en el amor y la autoestima, que la lleva a elegir parejas que aportan poco. No sentirse “merecedora” del amor, convencida de ser incapaz de tener una pareja que valga la pena; muy insegura; fea; celosa; poco interesante, por lo que no busca o rechaza inconscientemente parejas valiosas, y a cambio acepta hombres que tienen poco para ofrecer pero que generalmente son cariñosos, con los que llena el vacío.
2) Autosuficiencia. Ya que no tuvo un padre que la protegiera aprendió a cubrir ella sus necesidades; “no necesito a nadie” es su lema, detrás de lo cual está el dolor de “no tuve a quien necesité”, lo que puede llevarla a no armar pareja o bien a elegir un hombre que no le importe, que sólo sea funcional a sus necesidades. Es decir, puede ser una mujer que no se arriesga, no se entrega al amor y huye de las relaciones realmente significativas.
Padre excesivamente sobreprotector
Campusano señala que es probable que un padre así anule, de algún modo, el proceso de madurez emocional, la capacidad de crecimiento y de poder desarrollarse y arreglárselas por sí misma. Puede contribuir a crecer, pero emocionalmente será frágil e inestable. La sobreprotección, en el fondo, crea en ella una especie de incapacidad vital. Esto es complejo, ya que está muy ligado a la sensación de ser siempre una niña, que no se la puede sola, lo que tiene efectos en la vida social, de pareja y laboral. A esto María Luisa Gumucio agrega escenarios o consecuencias posibles.
1) Puede mantenerse como una niña mimada que buscará una pareja que se haga totalmente cargo de ella, con tendencia a deprimirse o entrar en pánico frente a las dificultades de la vida.
2) Rebeldía, que se ponga en peligro –ya que no aprendió a cuidarse por ella misma– y elija desafiantemente parejas muy inapropiadas y contrarias a los deseos de sus padres.
Padre castigador
A juicio de Edmundo Campusano, el castigo bien utilizado sí es una herramienta en la formación. Pero si es sólo castigo, sin compresión, o cuando es recurrentemente castigador, la figura de poder y autoridad del padre genera daños importantes en el desarrollo sicológico, ya que se crece asustada, con la sensación de falla personal, de ser un “error”; en estos casos, la imagen personal queda construida sobre la idea de no ser válida, de no cumplir “con lo que se debe”, de estar constantemente en “un error”. A eso debemos agregar que el castigo viene precisamente de la figura que debería darle el soporte necesario para sentirse apoyada, que “nada malo va a pasarle si se equivoca”.
De esta manera, detalla, al crecer puede haber una constante sensación de miedo, de esconderse en los diversos espacios de la vida, buscar estar siempre detrás o querer pasar inadvertida y no atreverse a ser visible.
Para María Luisa Gumucio, esta crianza también tiene 2 efectos:
1) Baja autoestima y tendencia masoquista, que lleva a repetir el modelo y aceptar hombres abusivos y maltratadores, muchas veces guardando las apariencias y manteniendo en secreto su situación.
2) “Nadie más me va a maltratar”, la mujer se endurece y no tiene pareja, o bien ella se vuelve maltratadora con el sexo opuesto o elije un hombre muy débil, muy femenino, que no signifique ningún riesgo, pero que tampoco le importa realmente. Es decir, cierra su corazón.
Padre inmaduro
“Depende del tipo de inmadurez, en qué se haya traducido; si es un padre inconstante pero cariñoso cuando aparece, es menos marcador que los casos anteriores, porque el cariño está. Es posible que la hija –al crecer– acepte a este padre incumplidor, niño, pero que la quiere; puede generar rabia, una actitud maternal con el padre que también la lleve a actitudes maternales con las parejas. Le puede costar dejarse cuidar y proteger, porque no tiene la experiencia. También puede generar angustia fácil, ya que se incorporó la experiencia de la incertidumbre y falta de constancia en el amor, lo que puede generalizarse a lo bueno de la vida; es decir, que cuando las cosas van bien la mujer tema que ‘algo malo va a pasar’”, señala Gumucio.
Desde la perspectiva de Campusano, “lo que más se ve en estos casos es que muchas mujeres asumen un rol de cuidadores de estos padres y, de algún modo, parecieran más ‘maduras’ de la edad que tienen. Lo complejo es que se adelanta la adultez y se tienen que asumir roles que no son propias de su edad y para los cuales tampoco están capacitadas. Hay un costo emocional, y lo peor es que siente que tiene que cuidar a su padre para siempre; algunas incluso sacrifican sus propios deseos y proyectos vitales en pro de mantener y cuidar a este padre inmaduro”.
Evidentemente, también existe el equilibrio. “Un padre ideal, es decir, presente, cariñoso, apoyador, capaz laboralmente, querido y respetado por su esposa, generalmente se traduce en un regalo de autoestima y buena elección de pareja para sus hijas. En la realidad, un padre perfecto es aquel que la mayor parte del tiempo es un buen papá; tiene defectos, por supuesto, se equivoca también, pero nunca llega a extremos”, dice María Luisa.
Este tipo de relación sana trae consecuencias positivas. “Estas mujeres tienen un equilibro interesante de aspectos masculinos y femeninos; pueden ser tan autosuficientes y capaces de competir como de manejar sus afectos y ser sensibles y expresivas. En general pueden vivir su vida afectiva sin alteraciones, y lograr una relación plena, afectiva y sexualmente hablando, al igual que en los diversos espacios laborales, sociales, etcétera”.
Es importante señalar que si bien es fundamental ambas figuras en las vidas de las mujeres (padre y madre), el que una no esté no necesariamente se traducirá en complicaciones en el desarrollo y en la vida adulta. “Muchas veces esas características de figura paterna son reemplazadas por otra persona, como abuelos, tíos, amigos; incluso muchas madres cumplen ambos roles y colaboran en hacer presente aquellos aspectos necesarios para el bienestar del proceso de crecimiento”, asegura Edmundo Campusano.
Por ultimo, hay que señalar que aún cuando no se haya tenido la figura paterna del modo más sano, siempre se puede reparar, siempre se puede tomar conciencia de aquellos aspectos que dificultan la vida y que se relacionan con la figura paterna, y sanarlos.
Todo depende
María Luisa Gumucio señala que las consecuencias o efectos del tipo de padre que se tuvo varían de una mujer a otra, no hay un patrón de conducta. ¿Por qué? Diferentes motivos:
1) Las características propias de la hija. Las personas más resilientes, es decir, con más capacidad de superar las dificultades y fortalecerse a raíz de ellas, puede que lo superen, logren muy buena autoestima y elijan una buena pareja. En cambio, habrá otras que necesitarán de un trabajo personal para lograr sanar las heridas y tener una vida plena.
2) El otro factor clave es el entorno, sus factores de riesgo y protección, cómo es la mamá, el colegio en que se desenvuelve, sus abuelos, tíos, primos, su barrio, su salud e incluso su belleza física, así como sus propias circunstancias de vida de niña.
Por Carla Ingus M.
Tomado de http://www.elintransigente.com/mundo/2012/6/17/relacion-pareja-segun-padre-tienes-135532.html
domingo, 4 de enero de 2015
¿Tolerancia, aceptación o compasión?
Hace poco una persona me consultó sobre algunas técnicas o herramientas para mejorar la tolerancia. No hay pregunta más difícil, dado que los cambios conductuales relacionados con esta mejora están directamente vinculados a las creencias de cada individuo. Las técnicas o herramientas más efectivas parten por la identificación y desmontaje de creencias limitantes. Están vinculadas con el cambio de la concepción que se tiene sobre la existencia humana, el tipo de observador, lo que creemos que es la realidad, la verdad, etc. La tolerancia, la aceptación y la compasión reflejan tres niveles de madurez en el observador.
La tolerancia es un estado en el que el individuo ha logrado desarrollar la paciencia y está en un estado de cierto equilibrio y paz que le permiten manejar situaciones complejas de manera más o menos acertada. Sin embargo, las personas tolerantes suelen estar en un espacio emocional de relativa o poca humildad. Cuando algo que no encaja con la “verdad” (su verdad), desde un estado de superioridad, “le dan permiso” al otro a estar equivocado, lo toleran. Le tienen paciencia. Entonces, ¿qué ocurre cuando esa persona no está en un estado de cierto equilibrio o paz emocional? La respuestas es que pierden la compostura, deciden no tolerar, esto es, no le permiten al otro “equivocarse, pensar distinto, cometer errores”, etc. Es decir, pierde la paciencia. La tolerancia está supeditada, entonces, a las emociones.
Por otro lado, la aceptación representa un estado de mayor madurez emocional y espiritual. Ocurre cuando el nivel de conciencia del individuo ha aumentado considerablemente. Es un espacio de mayor racionalidad en el que se reconoce que hay más de una perspectiva de la vida, que pueden haber percepciones, interpretaciones y puntos de vista distintos, que hay diferentes formas de pensar y hacer las cosas. En este estado, cuando el otro piensa distinto la persona se enfoca en el objetivo final, en el bien común, en los valores compartidos, en conservar la relación y se abre a un mundo de posibilidades y perspectivas recordando que en el trabajo conjunto o en equipo mientras los “qué” y los valores se alcancen y respeten y los criterios de se mantengan, entonces los “cómos” son de cierta manera irrelevantes. Éste es un estado de apertura, curiosidad y profundo deseo de aprender: ¿habrá una manera más efectiva de alcanzar el objetivo que la mía? Como resultado de ello, acepto que el otro pueda tener un punto de vista distinto, me alineo a su propuesta, me involucro y la hago mía. La aceptación también exige compartir su perspectiva y hacerse y sentirse escuchado por el otro. Me valoro a mí mismo reconociendo que mi perspectiva aporta. Tengo consideración por el otro al reconocer y escuchar su propuesta. Con esta postura en la vida muchas veces las personas involucradas encuentran una tercera alternativa que no es la de uno ni la del otro sino la conjunta. En estas circunstancias, la tranquilidad y paz emocional promueven una racionalidad y conductas sumamente adecuadas. En este proceso la persona habrá desarrollado la aceptación.
El tercer nivel de madurez es el de la compasión. Para que ésta ocurra es necesario que el nivel de conciencia del individuo tenga la capacidad de reconocer la razón de existir del ser humano; que estamos en esta Escuela de Aprendizaje llamada Tierra; que somos “seres espirituales viviendo una experiencia humana”; que más allá de lo que observamos, “la presencia divina que hay en mí reconoce la presencia divina que hay en ti” (Namasté). Una manera complementaria de alcanzar este estado es conociendo a profundidad lo que le ha tocado vivir al otro en su infancia, adolescencia, pre-adultez y en general en su vida. ¿Qué experiencias extraordinarias hacen a este ser humano que tengo al frente lo que es? ¿Qué experiencias traumáticas ha tenido? ¿Cómo esas experiencias lo hacen el ser que es? ¿Qué luchas está viviendo actualmente desde el ser en que se ha constituido producto de su pasado? ¿Cómo se aplican estas mismas preguntas a mí? ¿Qué experiencias extraordinarias me hacen el ser humano que soy hoy? ¿Qué experiencias traumáticas he tenido? ¿Cómo esas experiencias me hacen el ser que soy? ¿Qué luchas estoy viviendo actualmente desde el ser en que me he constituido producto de mi pasado? Y cuando me veo en esa experiencia de aprendizaje, razón de nuestra existencia, cuando veo al otro en esa misma experiencia; cuando reconozco mis experiencias y mis cualidades excepcionales y las del otro. Cuando dejo de culparme y de culpar a otros; cuando veo a mis antecesores haciendo las cosas lo mejor que podían desde su estado de conciencia, desde su proceso de aprendizaje y desde su definición de amor incondicional.
Y cuando, además, me imagino y reflexiono todo, me invade una profunda emoción, una energía especial, una capacidad y conexión única con la creación y con el otro, con mi Ser Espiritual, con lo Divino. En ese momento surge en mí la compasión, con-pasión; la pasión conjunta. Un estado emocional, racional, espiritual, energético, de conexión con el entorno que me lleva a conductas extraordinariamente somáticas. Expresiones de un corazón sano, de un legado, del Dios que está en mí.
tomado de http://semanaeconomica.com/transformandotalento/2014/11/04/tolerancia-aceptacion-o-compasion/
sábado, 3 de enero de 2015
14 reglas de oro para educar a tu hijo con reciedumbre
Para tener reciedumbre, hay que estar seguro de uno mismo. La base de la seguridad de toda persona reside en el respeto y el amor que recibe de las personas que quiere. Por eso, trata a tu hijo como a la persona más importante del mundo. Dile a menudo: “Nunca dejaré de quererte, hagas lo que hagas”, lo que no quita que se le recrimine por su comportamiento negativo.
Enséñale autocontrol. Enséñale a acabar lo que empieza, a dilatar la gratificación, a controlar sus impulsos. Para ello, desarrolla con él un vocabulario de sentimientos. Escribe en una pizarra todos los adjetivos que muestran enfado o tristeza: enojado, irritado, enfurecido, etc. Cuando tu hijo esté enfadado, úsalas para que pueda identificar sus sentimientos: “Parece que estás realmente furioso; hoy los deberes son más difíciles que otros días ¿verdad?”. Sentirse comprendido es el primer paso para hacer frente a los problemas.
Estimula su aprobación interna. Haz que tu hijo no dependa de tu aprobación sino de su propio reconocimiento. Para ello, cambia los pronombre “yo” por “tu“. No le digas: Estoy muy orgullosa porque no has caído en la provocación de tu hermano. En su lugar, dile: Debes estar muy orgulloso por no haber caído en la provocación de tu hermano. Actuando de este modo, conseguirás que se mueva por sus propios objetivos y opiniones, no por lo que piensen los demás de él.
Sé modelo de autocontrol para tu hijo. Si estás en una cola y alguien se cuela, si conduciendo te pitan e insultan, si se te ha borrado el trabajo del ordenador o si tu hijo te reta a una lucha de poder recuerda que eres su modelo de autocontrol y coherencia. Tenlo en mente y aprovecha las circunstancias del día a día para enseñar autocontrol a tus hijos.
Pregúntate si compras impulsivamente, si discutes con demasiada vehemencia, si te dejas llevar por tu estado de ánimo; si te quejas cuando las cosas no salen como deberían, si te niegas a comer lo que no te gusta o si no le das importancia a la puntualidad. Son pequeños detalles que los niños registran en sus mentes y van conformando su personalidad.
Habla con tu hijo sobre lo que es autocontrol. Explícale que cuando “se aguantan las ganas” de tomarse el postre antes de cenar, de insultar a un compañero que le ha ofendido o de jugar al ordenador cuando no toca está teniendo autocontrol. Identifica las diferentes situaciones del día en que tu hijo supera la tentación y házselo saber: Marcos te ha dicho en el colegio que hagas una cosa que tu no querías hacer y no la has hecho. Eso es autocontrol. Debes estar muy contento de haberlo conseguido. Acostúmbrate a utilizar la palabra “autocontrol” en tu casa para que aprendan a reconocer en ellos esta cualidad.
Dale responsabilidades a tu hijo, además de la de estudiar y sacar buenas notas. Reparte de manera proporcional las tareas del hogar y exige su cumplimiento con la calidad que se merecen. No bajes el tablón de exigencia solo porque tú hijo es pequeño o porque tiene mucho que estudiar. Si tiene capacidad de realizarlas, debe cumplirlas con la máxima calidad.
Argumenta pero exige. Hay cosas que se pueden negociar pero hay otras que deben aprender a aceptar sencillamente por el prestigio de los padres.
Quiérelo con detalles, con tu tiempo, con tu presencia, con tu ánimo y con tus palabras pero no evitando que consiga cosas por sí mismo, esforzándose y superándose. Dale espacio y tiempo para aprender a superar por sí mismo sus problemas.
Enséñale a enfrentarse a la injusticia. Utiliza para ello las reuniones familiares. En ellas tus hijos se implicarán y podrán defender sus puntos de vista, respetando los de los demás. El objetivo es que, con el tiempo, sean capaces de defender sus principios y actuar en consecuencia.
Enséñale deportividad, enséñale a jugar limpio. El deporte es una gran herramienta para fomentar el esfuerzo, la perseverancia y la superación de uno mismo.
Establece unas normas claras y sus consecuencias. Asegúrate que todos las conocen y trata de cumplirlas, tú el primero. Un solo consejo: sé consecuente con ellas.
Fomenta el sentido del humor. Evita sobredimensionar los problemas con buen humor y alegría. Un padre o una madre divertidos y alegres son tan o más dignos de crédito que aquellos padres huraños y culpabilizadores.
Formula y comparte un enunciado familiar que guie vuestro comportamiento: Esta familia hace lo que debe, no solo lo que le apetece
viernes, 2 de enero de 2015
La inteligencia emocional
La inteligencia emocional agrupa al conjunto de habilidades psicológicas que permiten apreciar y expresar de manera equilibrada nuestras propias emociones, entender las de los demás, y utilizar esta información para guiar nuestra forma de pensar y nuestro comportamiento.
Competencia emocional
Uso de la Inteligencia emocional en el trabajo y las organizaciones
Entendemos por Competencia Emocional el dominio de ciertas habilidades con el objetivo tanto de fomentar nuestro bienestar psicológico, salud física, entusiasmo y motivación, como de establecer relaciones satisfactorias con los demás.
Se suele decir que ser competente emocional es en un 64% responsable del éxito profesional de las Personas.
¿Cuáles son esas habilidades?
Hay dos vertientes: Consigo mismo y con los demás. Hacia dentro se trata de conocerse a sí mismo, auto regularse, auto motivarse y expresar aquello que uno desea o siente en forma asertiva. Hacia afuera: tener empatía y capacidad de persuadir, influir, escuchar activamente y ser asertivo, en suma, se trata de adquirir competencia social.
¿Qué es la competencia social?
Ser capaz de resolver conflictos, convencer, establecer consenso, reconocer el punto de vista del otro y trabajar en equipo.
¿Qué es ser asertivo?
Consiste en expresar lo que uno piensa o siente sin menosprecio por lo que otros piensan o sienten. Expresar claramente lo que pensamos nos permite desarrollar relaciones satisfactorias con los demás, lo que redundará en beneficio de nuestra propia salud.
jueves, 1 de enero de 2015
Pelear frente a los hijos
Los desacuerdos ocasionales o lo que se podría denominar como una negociación acalorada, durante la cual cada uno con respeto intenta llegar a la solución del problema es algo bueno para los niños. Se considera como una forma de moldear su comportamiento, pero las peleas en las que se repiten los puntos negativos una y otra vez y en las que se arremete con insultos, en las que se ventilan resentimientos en lugar de resolver la situación, son muy nocivas para los niños y pudieran ser un verdadero búmeran en cuanto al trato que estos chicos darán a sus padres cuando lleguen a la adolescencia, a más de que se pudieran convertir en chicos que agreden a todo el mundo. Para Jacobs, los niños empiezan a sentir temor cuando sus padres pelean, luego se sienten disgustados y se preguntan cómo vivir con esto. Eventualmente desarrollan temor de sentirse igualmente atrapados y cuando sean adultos pudieran tener una tendencia a evadir las relaciones de pareja. Asegura el experto que a pesar de que se ha escrito mucho sobre el daño causado por los divorcios, el daño es mayor para los niños cuyos padres permanecen en un matrimonio infeliz, amargado y explosivo. ¿Qué deben hacer los padres para minimizar cualquier trauma? Si los hijos son testigos de peleas terribles, no habrá forma de esconderlo bajo la alfombra. Lindquist sugiere que se les pida perdón y se les reasegure de que se aman entre ellos. Se debe hablar específicamente y en términos apropiados para su edad sobre cómo les habría gustado en lugar de pelearse conversar sobre el conflicto. Por ejemplo: “Lo siento mucho, tu papi y yo peleamos anoche, nos sentimos mal por haber dicho tantas cosas feas y estamos intentando resolver mejor nuestras diferencias para evitar estas peleas”. Sin embargo, esto no puede hacerse una y otra vez pues luego de un tiempo las palabras suenan falsas y no tienen efecto. Lo mejor es buscar ayuda profesional. Lo más importante es conseguir que los hijos jamás sean parte de ello. Aquel refrán de que los niños aprenden lo que viven cobra gran significado con las peleas, pues si ellos son parte del escenario es muy posible que más tarde sean promotores de conflictos. Los padres que se pelean delante de sus hijos siembran una semilla de conflicto que será muy difícil de combatir, será como una hierba mala que aunque se intente quitarla retorna con más fuerza. En un mundo tan violento como el actual, con escenas en la televisión que convocan a esa violencia y el maltrato de todo tipo no podemos propiciar agresividad desde nuestro propio hogar y ser un mal ejemplo para los hijos, sin importar cuál sea su edad. La prudencia, la tranquilidad y la tolerancia suelen desaparecer cuando se inicia una discusión de pareja, sin importar si tenemos o no la razón y los padres olvidamos que nuestros hijos están allí, como mudos testigos de ese enfrentamiento.Al ser los adultos en la ecuación es nuestro deber evitar esas escenas cuando ellos están presentes y aprender a dilucidar nuestras diferencias de manera civilizada, sin enfrentarnos, herirnos o dañarnos y peor aún frente a los hijos.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
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